La billarda
En ocasiones jugábamos a la billarda. El palo de una escoba cortado en dos constituía el casero elemento para el juego. Una de las secciones,de unos 15/20 cm., a la que le afilábamos las puntas con un noble cuchillo de acero Solingen, sacado de la cocina en un momento de distracción de nuestra madre, y la otra era el resto del palo.
En qué consistía? Con el palo largo, una especie de bate, golpeábamos una de las puntas del chico y cuando éste saltaba, le pegábamos el “palazo” más fuerte posible.
Luego el bateador estimaba, en cantidad de palos largos, lo que había recorrido la billarda. Una vez medida y de no ser menor a lo calculado, se sumaba a favor ese número. Los jugábamos a tantos palos y llegado a esa meta se ganaba.
Tenía el no menor inconveniente de nuestra falta de precisión para ubicar, siquiera en forma aproximada, la trayectoria del proyectil. Y siempre era posible que él pasara demasiado cerca de un desprevenido transeúnte o del vidrio de una ventana, con lo cual podría terminar prematuramente el juego.
Hubo un momento en que la billarda me apasionó. No la jugaba mal. Perfeccioné la forma de pegarle en el patio de mi casa, hasta que el vidrio de una puerta se interpuso en la trayectoria de la billarda y, no obstante mis ruegos y promesas, fue el fin de mis entrenamientos caseros.
Las escondidas
Al anochecer, la luz que provenía del único y mortecino farol en la mitad de la la calle Plaza, era insuficiente para continuar con el “picado” y, a la vez, ofrecía un marco muy adecuado para las escondidas, un juego practicado también por las niñas y aún vigente.
Se sorteaba el primer purrete que debía encontrar a los que se escondían, el "buscador". Él, apoyando el brazo sobre una pared, la “piedra”, y colocándose en una posición de llorar, comenzaba una cuenta que terminaba en un número prefijado y el consabido “punto y coma, el que no se escondió se embroma”.
Y el buscador comenzaba a tratar de localizar los escondidos: ¡Piedra libre para Lucho que está atrás del auto! o ¡para Pedro que se halla detrás de aquel árbol! Si en la carrera llegaban a la piedra después del buscador, Lucho y Pedro estaban prisioneros.
Si el buscador se alejaba poco de la piedra o los escondidos lo hacían muy lejos, el juego se hacía un tanto aburrido. En cambio si aquel se arriesgaba alejándose y los otros buscaban refugios cercanos, se tornaba muy vivaz, con abundantes corridas y gritos de piedra libre.
Las únicas posibilidades del primer capturado de no contar en el próximo juego, era que el buscador se equivocara el nombre de algún avistado (para confundirlo muchas veces intercambiábamos las remeras), o que el último descubierto llegara a la piedra antes que el buscador. En esos casos se recomenzaba el juego contando nuevamente el mismo niño.
Este precisamente es el recuerdo de niñez que todos conservamos: la carrera del último chico descubierto llegando a la piedra al grito de “Piedra libre para todos mis cóómpañeroos”, con voz infantil y una muy particular cadencia,