Carnavales de ayer
Cuando era chica, bien chica, sabía que algo especial estaba pasando cuando veía a mis primas, bastante mayores que yo, (mi persona tendría tres o cuatro años y ellas diecisiete o dieciocho) "disfrazarse" con una pollera de cretona Monarca, bien floreada y colorida, una blusa blanca y una faja de raso de algún color al tono de la falda. ¿Sería un disfraz de aldeana?
Yo me daba cuenta de su alegría porque, por supuesto, tanto preparativo se debía a que las muchachas iban a disfrutar de los bailes de carnaval.
Un poco más mayorcita, cuando mi tío me llevaba al corso que se celebraba en la Av. Triunvirato, y veía a las nenas de mi edad disfrazadas, deliraba por un traje de odalisca (tal vez por influencia de algún antecesor moro que estuvo haciendo lío por Italia). Por supuesto, nunca mis padres acusaron recibo de ese pedido.
Y ya en la adolescencia, comenzó la verdadera vida carnavalera: El juego a los balazos de agua. Era espectacular. Por supuesto que las chicas "decentes" no jugábamos en la calle. Nos daban permiso si el juego se llevaba a cabo en una de las amplias casas de los padres de alguna amiga o conocidos del barrio.
Pero nos divertíamos igual. Los muchachos, en especial si le habíamos acertado con alguno que otro baldazo, no se ponían los guantes para el ataque acuático. Cuando terminaba el juego, nos ardía la piel como si nos hubieran pasado un cepillo de alambre, tal era la fuerza con que nos tiraban el agua.
Pero no nos importaba para nada: ahora nos tocaba a nosotras prepararnos para el baile, pero esa es otra historia.