Carreras de autitos
La difusión que comenzó a tener el Turismo Carretera y la aparición de grandes volantes: el "chueco" Juan Manuel Fangio, Alfredo y después Juan Gálvez, el "cabezón" Froilán González, "Toscanito" Marimón y otros, hicieron que los juegos con raíces automovilísticas ganaran muchos adeptos.
Y ya por los años 40, los pequeños integrábamos dos bandos visceralmente separados: los simpatizantes del Ford y los del Chevrolet, bandos que, aún con los cambios que determina el tiempo, subsisten entre los actuales "fanas" de los "fierros".
Preparábamos baratos autitos de plástico, rellenándolos con masilla o más tarde plastilina, para conseguir que respondieran mejor al envión manual que les dábamos.
Les intercambiábamos las ruedas y, posteriormente, se reemplazaron las delanteras por una cucharita en la punta del autito. Hacíamos en ellos todas las las modificaciones que, los medios a nuestro alcance y nuestra imaginación, nos permitían.
En mi zona una calle Holmberg asfaltada era la cuadra más adecuada para que, con un trozo de yeso, dibujáramos complejos circuitos, con largas rectas para aprovechar la velocidad de los "prototipos" y cerradas curvas para mostrar la destreza de los corredores.
Lógicamente no había que despistar (se volvía a la posición antes del tiro) y el que primero cumplía un número determinado de vueltas ganaba.
Algunas veces el paso de un vehículo hacía que se sacaran los coches de la "pista" y el lugar donde se volvían a ubicar era motivo de las acostumbradas discusiones que, de alguna manera, constituía una parte del juego.
Hace tiempo que no veo circuitos marcados con yeso en las calles. Ya no atrae a los niños jugar de cuclillas, en un circuito imaginario, impulsando elementales autitos rellenados con masilla. Prefieren hacerlo, sentados en sus casas, con un play station con imágenes en 3D en coloridas pantallas o con sofisticados vehículos en escala, con control remoto e impulsados con pilas.