C A U V O
Club Atlético Unión de Villa Ortúzar, CAUVO, para los vecinos y concurrentes. Estaba instalado en una casa de la calle Heredia al 500, que seguramente había sido una de aquellas viviendas tipo "chorizo", con toda la construcción a un lado y el patio o jardín del otro, más un gran fondo que se había transformado en un tinglado donde estaban las canchas de bochas.
Al frente estaba la tradicional puerta de rejas y a la derecha el clásico balcón con celosías, desde donde se podía ver lo que era la sala de billar y el bufete del club merced, me imagino, a que se habían quitado los tabiques que otrora separaban las habitaciones.
Para mí hubo dos etapas de participación en el club. Aunque era, por lo general, un centro de reunión masculina, para carnavales se producía la apertura a las familias, y también a los chicos. Por las tardes de ese momento se organizaban concursos de baile y de disfraces, y se definían en la última tarde el ganador o la ganadora.
Yo iba de acompañante de unas amigas que tenían la fortuna (eso era lo que yo sentía) de haber sido enviadas por sus padres a aprender danzas españolas.
Era la época en que todo el mundo cantaba los temas de Miguel de Molina, María Antinea, (Ojos verdes, verdes como...y muchos otros), sumado a la cantidad de inmigrantes venidos de Europa, que habían formado su familia aquí, y que nostalgiosamente veían a sus hijos o nietos con los trajes y danzas típicas de su patria, aunque solo fuera en carnaval.
Recuerdo a dos chicas mas o menos de mi edad, (para esa época yo tendría entre 9 y 11 años) que llevaban unos vestidos hermosísimos, deslumbrantes: una era Esmeralda Berardinelli, que después se llamó artísticamente Esmeralda Berard, y llegó a actuar en TV por un tiempo, y la otra era Luisita Gnasso, muy conocida después por el nombre de Luisina Brando.
Pero esta etapa no fue la mas importante para mí, sino aquella que transcurrió desde mayo de 1960 hasta fines de 1961, cuando tenía alrededor de diez y seis años.
La comisión del club decidió armar una subcomisión de fiestas formada por gente joven, y así fue que reclutaron a una buena cantidad de chicas y muchachos del barrio para crearla.
Debo confesar que esa fue una de las mejores etapas de mi vida. Organizábamos bailes para los sábados por la noche o vísperas de feriado, desde las 11 de la noche hasta las 2 de la mañana, eso sí, bajo la atenta vigilancia de la guardia pretoriana de nuestras madres, que no nos dejaban ni a sol ni a sombra. (En aquellos tiempos, las madres de las chicas eran lo mas parecido a una estampilla: donde estábamos nosotras, estaban ellas).
Pero igual nos divertíamos a rabiar. Luego los lunes se reunía la subcomisión, para comentar lo ocurrido el sábado anterior y allí también era todo risa y alegría.
Los bailes del CAUVO de aquella época se hicieron tan famosos que venía gente de todos lados, hasta de Lanús.
Durante ese tiempo, sin querer y sin darnos cuenta, estábamos creciendo. Los chicos y chicas nos enamorábamos, nos desenamorábamos, o seguíamos enamorados y nos hacían sufrir, o se formaba parejas de novios que perduraron a pesar del transcurso del tiempo, bailamos, disfrutamos, reímos y también lloramos. Entramos al CAUVO siendo casi niños y salimos de él siendo hombres y mujeres jóvenes que empezaban a transitar la vida.
Podría escribir páginas y páginas de aquellos tiempos, donde el alcohol era una excepción y las drogas no existían, donde podíamos volver a casa caminando desde donde fuera, sin ningún tipo de temor, sin ninguna angustia. Donde los muchachos tenían un traje de invierno y uno de verano, sin pretensión de moda o marca, y las chicas, con suerte, contábamos también con uno o dos vestidos. Un tiempo donde nunca nos enteramos que éramos adolescentes, y a pesar de eso pasarla muy bien.
Querido CAUVO: Hace muchos años que dejaste de existir físicamente, pero como todo familiar amado estarás, mientras vivamos, en nuestro corazón.