La Chacarita
Me tocó, geográficamente, nacer en el barrio de Villa Ortúzar, justo enfrente de las vías del ferrocarril Urquiza y, como yapa, cruzando una calle ancha, estaba el Cementerio de la Chacarita.
Y aunque cuando fui más grande cuando contaba donde vivía, a mis interlocutores se les paraban los pelos, a todos los que vivíamos allí, grandes y chicos, no nos importaba demasiado.
Veíamos casi todos los días pasar los carros fúnebres con dos o cuatro caballos (en aquel tiempo, la categoría de los entierros la daba la cantidad de animales de tiro), escuchábamos a los cascos de los caballos golpeando a los adoquines de la calle sin que nos provocara absolutamente nada.
Solamente nos llamaba la atención cuando pasaba un coche fúnebre mucho mas pequeño, totalmente blanco, inclusive sus caballos: eso significaba que allí hacía su último viaje un niño pequeño. Por suerte, eso se veía muy de tarde en tarde.
Pero había dos días en que los chicos, especialmente los varones (como siempre) que aunque tenían mucho que ver con las cuestiones religiosas y necrológicas, eran para ellos una fiesta: El día de todos los Santos y de todos los muertos.
Desde la mañana temprano llegaban los automóviles de los deudos, en un tiempo en que los muertos de la familia no se olvidaban fácilmente, parecía que todos se habían acordado de sus parientes muertos al mismo tiempo.
Estacionanaban primero en la calzada del mismo cementerio, al rato ya no había lugar para estacionar los autos, entonces lo hacían frente a la vereda de nuestra calle...y ahí empezaba lo bueno.
Los chicos se acercaban a la persona que manejaba el automóvil (aquellos todos negros, enormes, con pequeñas ventanillas) y se ofrecían para cuidarlos. Al fin del día, habían juntado una buena suma de monedas, provenientes de las propinas que recibían por ese cuidado.
Por supuesto que esa tarea "era cosa de varones" y mi mamá me lo tenía terminantemente prohibido.
Y una de esas tardes, estando sentadita en el umbral de mi casa, (tendría alrededor de cinco o seis años), de repente un señor se acercó y me dijo ¿Vos me cuidaste el auto? a lo que yo, honestamente le dije que no, pero entonces él respondió:"Si estabas aquí, quiere decir que lo estabas cuidando, así que las moneditas son tuyas"...Y para mi asombro puso en mis manos una buena cantidad de monedas. Nunca en mi vida fui tan feliz al recibir un regalo tan inesperado.
Y no me importó el reto de mi mamá.