Chimeneas eran aquellas
Frente al hospital había (hay) una manzana triangular, limitada por la avenida Combatientes de Malvinas (entonces Teniente General Donato Álvarez), y las calles Donado y Girardot.
Excepto unas pocas casas, estaba ocupada por un horno de ladrillos con una altísima chimenea y una escuela. En el lugar del horno hoy se levantan dos torres gigantescas de departamentos. La escuela permanece en su sitio y las demás casas casi son las mismas, solo que mucho más viejas.
Esa escuela era (y sigue siendo) mi escuela. Digo bien cuando la llamo “mi escuela” porque la sentí y la sigo sintiendo mía. Me refiero a la Nº 3 del Distrito Escolar 14, Ingeniero Álvarez Condarco, sita en Girardot 1946.
Está igual a pesar de algunas modificaciones y algún lavado de cara que le trajeron los años. Con el campito de juegos que abarca toda la esquina, en aquel tiempo bordeado de un alambrado roto por donde los chicos nos colábamos a jugar a la pelota cuando no había actividad.
Entré por primera vez en marzo de 1948, el día que la señora María Luisa me tomó dictado, una lectura del libro “Abejitas”, unas cuentitas, y me llevó de la mano a través del enorme patio para decirle a la directora y luego a mamá que me inscribiría a prueba en primero superior porque en primero inferior me iba a aburrir.
De allí salí el primer día de clase con la vocación sellada, diciendo que quería ser maestro. Después, tuve que cambiarme porque las escuelas de niñas admitían varones hasta tercer grado (actual cuarto) y terminé la primaria en la Nº4 del mismo distrito, frente a las vías y al paredón de la Chacarita, donde habrían tenido su famosa chacra los vascos de “Juvenilia”.
El tiempo cumplió con lo que estaba escrito: me recibí de maestro e ingresé en la docencia. Y volví a la Escuela 3. No inmediatamente sino veinticinco años después, con el cargo de vicedirector, que luego pasó a ser de director. Entonces aquel patio me pareció un pañuelo.
Pero no es mi historia la que quiero contar sino la de aquella chimenea. La chimenea del horno de ladrillos, que permaneció en pie muchos años después de que el horno dejó de trabajar y también después de cuando se construyeron las torres. La chimenea, que asomaba su nariz sobre los techos de la escuela, detrás de la medianera del fondo. Aunque en verdad ambas historias son inseparables. Aquella chimenea fue testigo de nuestra infancia.
La diversión preferida a la salida de la escuela era escalar la montaña. El horno tenía un pesado portón de hierro ubicado justo en la ochava de Donado y Donato Álvarez, que muchas veces se encontraba cerrado. Se abría para permitir el ingreso de los camiones que traían la tierra para hacer los ladrillos. Así se formaba una montaña enorme, para nosotros casi como el Aconcagua. Cuando el portón estaba cerrado, tratábamos de abrirlo a la fuerza.
Qué placer trepar hasta la cumbre y descender corriendo por la pendiente, para volver a iniciar el ascenso. Y hacerlo todos a la vez, para ver quién llegaba primero. Hasta que aparecía el capataz y comenzaba la huida. No era tan fácil, porque en la carrera solíamos tropezar con las piedras, rodábamos, el guardapolvo blanco se volvía marrón… Entonces había que sacudirlo y sacudirlo, pero nunca lo suficiente como para que al llegar a casa no nos aplicaran una nueva sacudida.
Fue como director que me tocó asistir a la demolición de la descomunal chimenea. Advertí los preparativos. La portera me pasó informes minuciosos. Un día llegué a la escuela y ya no estaba. Se me ocurrió que aquellos episodios y otros que no relato aquí habían quedado sin testigo, que ya nadie espiaría nuestras travesuras, que ya nadie traería al hoy aquellas chiquilladas, que se perderían para siempre en la tormenta de la memoria.
Por eso te estoy escribiendo, chimenea. Hoy, que los recuerdos me visitan y vuelan tan alto como vos, quise dejarte en el papel para que, si alguien alguna vez lee estos renglones, regrese a aquellos tiempos. Y tal vez reconstruya con los ladrillos de su memoria su propia chimenea.