Jugando con Colita
Allá por la década del cincuenta, tuve la suerte de tener a casi toda mi familia, tanto paterna como materna, viviendo en el barrio del que todos estamos hablando.
Y en la calle Elcano y Fraga vivía mi tía Irma, hermana menor de mi mamá, casada con mi tío Armando, dueño de un oficio en esos tiempos muy especializado: arreglaba heladeras comerciales y familiares.
Y como era costumbre, siempre que Iba a "Bonafide" en El Cano y Alvarez Thomas, a comprar un cuarto de café "Franja Blanca", y cuando volvía pasaba a saludar a mis tíos y a mi primito Horacio.
Una tarde, en una de esas visitas, en la casa de ellos había un nuevo habitante: un perrito mezcla fox-terrier y puro perro, que iba y venía por el patio. Era gordito, con manchas blancas y negras, de pelo corto y una inteligente y dulce mirada.
Al poco tiempo se transformó en un cachorro de largas patas, juguetón e inquieto, que había creado un juego muy especial. Las gaseosas de esa época tenían las tapas metálicas (como las de cerveza), y Colita, que fue bautizado así después de un cónclave familiar, tenía la costumbre de hacer, con sus dientes, una especie de rollito con el metal de las tapitas, y luego lo ponía a nuestros pies, para que lo arrojáramos lejos y entonces, correr a buscarlo...y volver a empezar.
Desde los nueve a los doce años, al abrir la puerta de la casa de mis tíos, corría Colita por el larguísimo pasillo a buscar su chapita arrollada, para ponerla a mis pies para jugar, moviendo su cola alegremente.
Esas visitas duraron hasta que cumplí los doce años.
Después, los estudios, los amigos, el club, la vida, hicieron que por mucho tiempo no fuera a la casa de mis tíos.
Pasaron casi diez años. Sabía por mi mamá que Colita ya estaba viejito, y con la edad se había vuelto agresivo. Si alguien entraba a la casa, y era desconocido, el perro le ladraba y gruñía con mucha hostilidad, como para morder.
Esa tarde, no recuerdo por que, debía ir a los de mis tíos a comunicarles algo urgente. Mientras caminaba para allá, me sentía bastante preocupada, por temor a la reacción del perro, pues hacía mucho tiempo que no me veía.
Abrí la puerta, que jamás tenía llave, del largo pasillo, y Colita, en el otro extremo, se paró atento en sus cuatro patas, y corrió hacia mi.
El temor me duró menos de un segundo: El viejo Colita corrió como un cachorro, ponía a mis pies su chapita arrollada, y mientras me agachaba para saludarlo, lamía las lágrimas que corrían por mi cara, y movía su cola gozosamente.
Al poco tiempo Colita nos dejó. Nunca tuve predilección por los perros, quizás porqué no sé como tratarlos o manejarlos, o tal vez, haya sido la certeza que jamás iba a encontrar otro Colita.