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Aldo evoca el almacén de su barrio inv
 
almacenero 1940

Almacenero pesando mercancía en la balanza de platillos. (aprox. 1940).
Detrás, la estantería común para la época.

libreta fiado almacen
Página de la libreta con el "fiado" anotado. (www.recuerdos_uruguayos.com)
viejo almacen
Imagen de otro almacén, con su viejo mostrador y la vitrina para los
quesos y fiambres
 


El almacén de Plaza y Fraga

El almacén cercano a mi casa abarcaba una esquina de las calles Plaza y Fraga. Poco lo distinguía  de otros en los años 40. En la ochava,  su entrada flanqueada por las dos infaltables vidrieras, todas con grises cortinas metálicas, por Plaza otra puerta pocas veces habilitada y, en Fraga, el acceso al bar "Almagro", recordando al club que tenía su cancha a una cuadra.

El nombre del dueño quedó atrás en el tiempo. Tal vez,  siguiendo la tradición hispánica en  el rubro, debió  llamarse José, Manuel o Jesús.

Subiendo un escalón de mármol blanco y apartando con las manos las tiras de la cortina de plástico, se entraba al almacén y a su característico olor, extraña mezcla del de quesos, fiambres y especias.

Tenía piso de baldosa semanalmente baldeado, techo de bovedilla,  un largo mostrador apoyo de la máquina para cortar fiambres, balanza,  vitrina para poner los quesos y algunos fiambres, frascos con aceitunas  y un lugar reservado como caja, donde llevaba su elemental contabilidad. Contra la pared, la clásica estantería de altos cajones con vidrios en los frentes,  que dejaban apreciar las características de la mercadería en venta.

Don Manuel (voy a llamarlo así por que tal vez, inconscientemente, lo asocié al padre del inefable “Manolito” de Quino) era un hombre afable, sencillo, que se interesaba por la salud y los problemas de sus clientes. En un papel grisáceo colocado sobre uno de los platillos de la balanza  pesaba el azúcar en terrones, la yerba o porotos. Luego, uniendo los bordes del papel, con hábiles movimientos de los dedos de sus manos,  lo entrelazaba haciendo una especie de repulgue, terminando el paquete con una vuelta.

La balanza  utilizada tenía dos platillos y un juego de pesas relucientes de bronce. Más tarde  la desplazó  otra con  resortes, más rápida y que se prestaba a algunas  “picardías”.

Don Manuel,  extrayendo un lápiz  firmemente ubicado en su oreja derecha, hacía las cuentas de lo llevado y en libreta de cuero negro, ya utilizando una lapicera con pluma “cucharón”,  anotaba  el “fiado”. Aún hoy recuerdo que su escritura grande, cuidadosamente  realizada,  indicaba que tenía nociones innatas de cursiva inglesa

Cerraba los domingos, los sábados por la tarde y todos los días a la hora de la siesta, en un Buenos Aires  que,  lejos del ritmo desenfrenado actual, todavía conservaba algunos de los  hábitos de la gran aldea.

El fin de los almacenes de barrio parece inevitable. La mujer actual, por necesidad económica, intelectual o, simplemente, por no desear  hacer los rutinarios trabajos del hogar,  está en su casa pocas horas en el día. Y hace sus compras del mes, en un par de horas, en los supermercados y para las imprevistas necesidades, el  almacén compite desventajosamente con los autoservicios orientales, que se multiplicaron en Buenos Aires, y que gozan de beneficios fiscales.

Yo te evoco con cariño y nostalgia, almacén de mi barrio, y añoro la relación cordial  y las charlas que te tenían por escenario, mientras don Manuel bombeaba un litro de aceite o cortaba el queso mantecoso pedido y  las comparo con el actual  rutinario e impersonal  “efectivo o tarjeta” de una cajera de supermercado mientras pasa la mercadería por el lector de barras o el mentiroso  “no entienda” del oriental, súbitamente desconocedor del castellano,  ante cualquier queja de un comprador.


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