Barriletes de ayer
La construcción casera de un barrilete era algo habitual pero, a no dudarlo, la tarea requería de nuestra máxima capacidad artesanal.
El primer paso era contar con la caña tacuara para hacer el armazón. Nosotros la obteníamos del cañaveral que existía detrás de los galpones de la Chacarita, por la calle Elcano. Luego de elegirlas, pelarlas y limpiarlas decidíamos qué tipo de barrilete confeccionaríamos, el simple “cuadrado”, la "bomba", "la granada" o la "estrella".
Se cortaba la caña longitudinalmente para obtener lonjas angostas, livianas pero resistentes y, luego de atar firmemente el entrecruzamiento de las cañas en la parte central, se pasaba un hilo de coser por las puntas de las mismas, para posteriormente sostener el papel.
La elección del color de un buen papel barrilete era el paso siguiente. Si lo encontrado en la librería lo permitía, se combinaban colores vivos, a veces los de nuestro club de fútbol favorito. Cortábamos las hojas al tamaño y forma adecuada y las pegábamos, bien tensadas, con engrudo recién hecho.
Si no podíamos comprar papel barrilete, lo hacíamos con papel de diarios, aunque al ser muy pesado, costaba un poco más remontar.
Quedaba por colocarle los “tiros”, los "flecos", los "zumbadores" y determinar la longitud del manojo de tiras de tela, de alguna sábana vieja, que haría de cola.
Eran operaciones importantes, que requerían alguna experiencia, ya que si los tiros o la cola no estaban bien dimensionados, el barrilete se hacía incontrolable (coleaba) con el peligro de enredarse en un árbol, en cables de luz o que se rompiera al caer..
Finalmente, anudado a un rollo de hilo "chanchero", un día ventoso de otoño, lo llevábamos triunfalmente a remontar en alguno de los baldíos que abundaban en Villa Ortúzar. Y así, periódicamente, veíamos el cielo poblado de coloridos barriletes.
A veces también hacíamos "tarasquitas", que eran simplemente papeles adecuadamente doblados y que se remontaban con hilo para coser.
El sencillo barrilete y la aristocrática multicolor estrella eran, por aquellos años, los reyes del. espacio.
Hoy no se observan tantos barriletes. Solamente se pueden remontar en algunos de los no muy abundantes espacios libres con que cuenta Buenos Aires.
Pero no son hechos con el esfuerzo y la habilidad de los niños sino comprados. En su estructura, no hay caña ni papel, reemplazados por el plástico, y los pequeños desconocen que es el engrudo.
En un día ventoso se puede ver que, una mínima parte de los barriletes en el aire, son manejados por los chiquilines. No saben elevarlos, ni hacerlos colear, mandar un “saludo” o remitirle una “cartita”.. Aquellos que los remontan son los padres que, por un momento, retornan a sus felices años de niñez
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