El barrilete
Era uno de los juegos de los varones, pero yo, como hija única, quería también remontar un barrilete, y mi papá, que no era nada hábil con sus manos, igual emprendió la misión de hacerlo,y con un papel que había en casa, que no sé de dónde habrá salido, puso manos a la obra.
Mi papá era, junto con los elementos del supuesto barrilete, un solo engrudo, pero logró hacer algo que vuele. Como habitualmente se dice, lo que vale es la intención.
Pero al lado de mi casa vivía un artista del barrilete. Le decíamos Don Tito, nunca supe su nombre de pila, era Don Tito Curuchet, padre de mi vecinito y casi contemporáneo Carlitos Curuchet. Hacía unos barriletes tan hermosos que, cuando salía a la calle 14 de julio a remontarlos, se asomaban a la cuadra todos los vecinos, chicos y grandes, para apreciar esas bellezas.
Tenían la gracia y la delicadeza de una bailarina de ballet: Las cañas, eran todas cortadas del mismo grosor, insistentemente lijadas hasta que casi desaparecían los nudos.
Previamente preparaba el papel barrilete, que lo armaba sobre la mesa del comedor, con cuadrados exactamente cortados de diez centímetros por diez, y pegados formando un degradé de colores, o un mosaico que generaban esos cuadraditos combinados de distinta forma.
Los "roncadores" eran una filigrana en papel, y cuando había que armar la cola, doña Chela, su esposa, corría a esconder los vestidos de entrecasa, porque sabía el riesgo que éstos corrían si los trapos de la cola no alcanzaban.
Además, eran gigantescos. Cuando nos daba permiso para sostenerlos en el aire, él estaba detrás nuestro como un ángel guardián, porque corríamos el riesgo de despegarnos del piso. ¡Que sensación aquella de casi poder volar!...Mi única frustración al respecto,es que nadie conocido sabía armar aquellos misterioso barriletes "cajón", que volaban sin cola.
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