Mi "biógrafo"
Mi primo Elmo, 3 años mayor que yo, fue un pequeño inquieto, imaginativo, continuo hacedor de travesuras, atributos más que suficientes para que fuese un "ídolo” en mi niñez.
Con él hicimos los clásicos carritos con rulemanes viejos, me enseñó atrapar moscas vivas para alimentar arañas encerradas en un frasco, quemar objetos con una lupa (o los cristales de un anteojo viejo), remontar y confeccionar barriletes y hacer salir la araña de su escondite, entre dos ladrillos de una vieja pared, soplando suavemente una hoja delgada de una planta, con la punta sobre la tela..
Cuando yo tenía unos diez años, nuestro común entretenimiento para días destemplados, en los cuales no podíamos jugar en la calle, fue el “biógrafo”. Pocos y accesibles eran los elementos necesarios: una caja de cartón (habitualmente de zapatos), una revista vieja de historietas, una vela, tijeras y harina para hacer engrudo.
A la caja le hacíamos dos ranuras en las caras laterales y recortábamos las historietas de una revista (normalmente "El Tony"), y las pegábamos con engrudo en largas tiras.
Con la caja parada, la abertura hacia nosotros, y con la vela encendida atrás de las ranuras, pasábamos la tira por ellas y veíamos “nuestra película”. En realidad se distinguía poco más que nada, porque también aparecía de historieta de atrás, y había que apelar a nuestra imaginación para entenderla.
Los preparativos nos llevaban una tarde, en la que nos entreteníamos tanto como en la “proyección” y, en más de una oportunidad, la diversión terminaba con el incendio del “biógrafo” y el sermón de mi tía Margarita, finalizado con un beso, por no haber sido cuidadosos.
Con el tiempo fuimos añadiendo "avances tecnológicos", reemplazando la vela por una bombilla eléctrica, añadiendo un cartón con una ranura para iluminar sólo la tira, un arrollador para ella, etc., pero algo había cambiado, tal vez nosotros, ya que nunca nos divertimos tanto como cuando lo hacíamos con la vela, y la función terminaba corriendo para buscar agua.