EL CIRCO
Fui por primera vez al circo en 1946. Era casi un bebé y sólo me quedaron registradas algunas imágenes, que me habrán impresionado con fuerza porque siguen muy nítidas a pesar del tiempo transcurrido.
Creo que era el Circo de los Hermanos Rivero. Diversos circos alternativamente se establecían en el mismo terreno baldío, la esquina de avenida Triunvirato y Mariano Acha, en diagonal a la todavía existente (aunque cambiada) farmacia Tornú, allí donde Villa Ortúzar tiene ganas de volverse Villa Urquiza. Me llevaron mamá y papá. También estaba la tía. Es el recuerdo más antiguo de una de las pocas salidas de diversión, todos juntos.
¿Qué vimos en el circo? El espectáculo empezó con una gigante jaula desarmable en la que unos tigres feroces se doblegaban como gatitos bajo el látigo del domador. También se me aparece un elefante parado en una pata y bailando el vals. Lo demás se borró para siempre.
¡El final! Eso sí que lo recuerdo, porque me aterrorizó: ¡el globo de la muerte! En un enorme globo de metal giraban y giraban una, dos, tres motos, sin chocarse, haciendo loopings, cruzándose en cualquier parte, sin esquinas y sin semáforos. Cómo evitar que esos locos terminaran dándose un tortazo. Yo empecé a llorar, aterrorizado. Apenas se necesitaron unos abrazos, unos llantos, unas pocas lágrimas. Porque la prueba terminó y los intrépidos salieron de aquella prisión como si hubieran dado un paseíto por el campo. ¿Y la gente? Todos enloquecidos. ¿Quién podía entender a estos desaforados que aplaudían a rabiar a unos locos que se metieron a correr en una jaula?.
Muchos años después supe que aquello que yo había visto no era el circo criollo. Era un espectáculo circense como el que hoy todavía podemos ver, es especial en el interior, bajo una carpa de lona, muchas veces deteriorada, ahora sin animales.
Sin embargo, también tuve la oportunidad de ver en Villa Ortúzar una versión del circo criollo. Por aquellos días con mucha frecuencia los promotores pasaban por las escuelas repartiendo bonos a los chicos para concurrir al cine o al circo en la primera sección; mediante su presentación, se obtenía un descuento en la entrada.
Con el bono en el bolsillo estaba garantizado que se abrieran las puertas de los sueños. Todo estaba servido; solo quedaba lograr el permiso de los padres. Nada fácil.
Aquella vez el circo se había instalado en la esquina de Heredia y Giribone, en un terreno baldío en diagonal a la plaza “25 de agosto”. Con la sociedad de un grupo de vagonetas que atesoraban un vale igual, hicimos planes a la salida de la escuela, a los tirones nos quitamos el guardapolvo y en puntas de pie allá fuimos.
La función estaba dividida en dos partes. La primera incluía los números consabidos: mago, payasos, trapecistas, malabares y algunos animalitos. La segunda era una obra de teatro. Sería demasiado recordar qué obra. Un sainete. No Juan Moreira. Un sainete cómico que hizo nuestras delicias, desacostumbrados a ver teatro. Para esto había montado un escenario como en un teatro, con telón y todo. Además, para esta segunda parte, a los chicos nos permitieron bajar de las gradas (la única localidad con descuento) y seguir la representación desde la arena.
Terminó la función cuando estaba anocheciendo, sería noviembre. La tarde nos sonreía. Las cuadras que nos separaban de nuestras casas se llenaron de comentarios, críticas, admiraciones. Ni sospecha de qué ocurriría cuando llegáramos a Estomba y Avenida del Campo. La Paternal, de un lado de la avenida, y Villa Ortúzar, del otro, estaban revolucionados. Todavía no habían llamado a la policía porque pensaban, con razón, que estábamos todos juntos en alguna fechoría.
El perdón llega pronto cuando se recupera al hijo perdido, aunque el castigo sea duro. A nosotros nadie pudo quitarnos lo bailado. Estábamos aprendiendo a independizarnos.
Muchos años después, en compañía de mis hijos, me hallé de nuevo con “El gran circo criollo”. Fue en el Teatro San Martín. con los deslumbrantes títeres de Ariel Bufano y Adelaida Magnani. Ahí, ante el maravilloso espectáculo en forma de homenaje, recuperé aquellos días de mi niñez y me encontré con el circo origen de nuestro teatro y al que yo había asistido en sus últimas apariciones, nada menos que en mi barrio