El vigilante de la esquina
Era una toda una institución barrial. Aunque yo creía, en mi infantil desconocimiento, que era el mismo durante todas las horas de todos los días, para el caso y para el barrio, era siempre el mismo. Conocía y saludaba a los vecinos, y era respetado por todos.
A veces también le tocaba hacer el papel de "malo". En las horas de la siesta, en la "rinconada" de Stephenson y 14 de Julio, los chicos se entusiasmaban jugando al fútbol, y cuando hacían demasiado ruido, y algún vecino se quejaba del bullicio, tenía que confiscar la pelota hasta que fuera una hora prudencial.
Pero su trabajo se valoraba más durante la noche. Aunque era un tiempo bastante tranquilo, al menos en nuestra cuadra (jamás se escuchaba un tiro, o alguna estridente sirena, como actualmente), él, y otros como él, caminaban incesantemente todo el barrio.
Los vecinos, si estaban despiertos a la madrugada, conocían sus pasos, y no se asustaban al oír tantear la puerta de calle: sabían que era él, controlando que todo estuviera en orden. También se oía, a determinada hora, un toque de silbato muy especial, que se repetía en la lejanía, ampliado por el silencio nocturno, respuesta dada por otro agente, que se encargaba de otra zona.
Lo único que a veces rompía el tranquilo silencio nocturno, era el estrépito que hacían las placas de bronce contra el piso, que algún ladrón trasnochado había robado del cementerio, y que se le caían al pretender saltar el paredón. Eso era todo.
Y mi mamá siempre me contaba una pequeña anécdota (yo debía ser muy chiquita, no la recordaba). Era una de esas noches en que se empezaban a dejar las ventanas del vidrios abiertas. A mi me dio tos, y a través de los postigos se oyó un vozarrón que decía ¡Curate esa tos, Venancia!...Mi mamá casi se muere primero del susto, y después de risa. Era el agente que justo pasaba por nuestra ventana.
Para terminar, voy a recordar unos versos que decía un cómico de la época, Tomas Simari, que presentaba a uno de sus personajes, que era un vigilante, así:
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"Yo soy Lisandro Medina,
el agente de la esquina,
cuyo orgullo mayor
es decirle al superior:
Señor, en esta parada,
nunca ha pasado nada,
desde que la cuido yo
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Fue un tiempo en que los policías eran como el Sargento Garrido, fallecido en cumplimiento de su deber, asesinado por una pareja de delincuentes con su propia arma cuando intentó proteger de un asalto a un negocio de su zona. Los vecinos y amigos de San Isidro lo quisieron tanto que están juntando bronce para hacerle un monumento.