Las fiestas infantiles
Para aquellos tiempos, en que habían llegado a la tierra prometida, que era la Argentina de entonces, miles de inmigrantes de muchas nacionalidades, tenían una forma de festejar los cumpleaños era muy distinta a la de hoy.
No duraban hasta entrada la noche. Siempre se respetaba el horario de 17hs. hasta aproximadamente las 19, momento en que regresaban los padres de familia de su trabajo, y no tenían ellos el menor interés de verse aturdidos por el chiquillerío.
A pesar de que se realizaba el festejo en la casa del cumpleañero, había rigurosas reglas de vestimenta y aseo.
Las niñas iban con sus polleritas fruncidas, que según el poder adquisitivo de sus padres podía variar en el tipo de tela, pero no el modelo. A lo sumo, en lugar de ser una falda fruncida, podía ser tableada.
Luego una blusita generalmente blanca, con un moñito al cuello, y si era invierno, zoquetes blancos y el clásico tapadito. Zapatos blancos, tipo guillermina, con tirita y botón, teñidos con albayalde y si eran marrones o negros, desesperadamente lustrados. Eso si, muchas veces chancleteábamos dentro del los zapatos, porque siempre nos los compraban un número mas grande...para que duren ¿Vio?
El pelo bien peinado si era corto, y trenzado o atado con dos enormes moños a los costados de la cabeza si era largo.
Los varones también tenían una línea de vestir: Pantalones cortos, oscuros, camisa y corbata, si era invierno un pulóver escote en V, zapatos acordonados oscuros, medias tres cuartos y sobretodo. No importa si el invitado tuviera un año y medio: de la camisa y la corbata no se libraba. La única licencia que tenían los más chicos era una corbatita que en lugar de ser de nudo tenían un elastiquito. (chiquitos y con corbata de nudo parecía que tenían la cabeza cosida a los hombros, sin cuello).
El pelo desesperantemente corto, con el agregado de tener adelante de las cabeza un jopo duro y pegajoso de gomina "Brancato"
Lo único indispensable para que los chicos lo pasáramos bien era una casa con un patio bien grande, así mientras las madres y primas mayores se dedicaban a comer y "sacarles el cuero" a las que no estaban, o a contarse los últimos "chimentos" del barrio, nosotros nos encargábamos de rasparnos las rodillas y ensuciarnos la ropa y los zapatos que era un primor, a los puros empujones en medio del patio.
Lo que todavía recuerdo y se me hace agua a la boca, es el aroma al chocolate con leche que se percibía al abrir la puerta de la casa del festejo. Un aroma inconfundible, que se lograba con una fórmula casi secreta que cada familia tenía.
Si había abuelas en la casa, todo los dulces y masitas eran caseras, con el nostalgioso gusto de su añorada tierra natal, y lo salado eran generalmente unos sándwich de miga, de jamón y queso.
Reuniones sencillas, de pura familia, sin ninguna pretensión de ser algo inolvidable. Excepcionalmente había una tía que regalaba los sombreritos de cartulina con voladitos de papel crepé de colores, que se intentaban sujetar a las cabezas, con unas gomitas que siempre se cortaban, y algunos globos. Esa era toda la parafernalia cumpleañera.
Podría recordar muchos momentos felices, de hermosas tortas de cumpleaños, y cantos alusivos al onomástico, pero me resulta mas fácil hacer la lista de todo lo que no había y no era necesario para pasarla bien:
Peloteros
Chizitos
Puflitos
Bebidas gaseosas
Una comida para los chicos y otra para los grandes (El menú era democrático, para todo el mundo igual)
Payasos
Animadores de fiestas
Horario ilimitado
Pantallas para pasar películas
Jueguitos electrónicos
Pista de baile con luces sicodélicas...
¡La pucha! ¡Que aburridos resultarían esas fiestas para los chicos de hoy...Pero jamás nos olvidaremos la cara de satisfacción de las abuelas al ver a los mocosos devorando lo que ellas con todo amor habían cocinado.
Otros tiempos, otro mundo.
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