Mis Juegos
En nuestra niñez, como lo he comentado anteriormente, la imaginación tenía un rol importante en los juegos.
Así fui sucesivamente precoz médico que hacía visitas provisto de una pequeña y vieja valija, jugador de fútbol cotizado o temerario pirata.
También por aquellos años encontré una revista con letras de tangos, “El alma que canta”, y fui un cantor acompañándome con una vieja guitarra de juguete, con sólo dos alambres delgados que hacían de cuerdas, y emitían “sonidos” sólo comparables a los de mi garganta.
Pero un oficio que siempre me atrajo fue el de guarda, tal vez porque era el tranvía un medio de transporte habitual y, además, frente a mi casa , pasaban tres líneas del Lacroze.
Y así me imaginaba, con la gorra, la cartera grande de cuero colgada del cuello, donde colocaba el dinero recaudado, y la maquinita con boletos. Y me veía dando tirones a la cuerda para accionar la campanilla, que avisaba cuando había que parar el tranvía y se podía reanudar la marcha, o colocando el trole cuando se salía del cable que suministraba la energía.
No es de extrañar entonces mi alegría al ver, un 6 de enero, que los Reyes Magos me habían dejado una “boletera” con un rollito de unos pocos boletos y un pinza para “picarlos”.
Ya podía ser guarda (y eventualmente inspector!!….) . Pero me faltaba el tranvía.
Para ello, sobre una pila de maderas a estacionar de la mueblería de mi padre, aseguré dos o tres sillas bajas comunes en esa época, en la pared clavé la soga para la campanilla e improvisé unas manijas para sostenerse cuando el imaginario tranvía frenaba.
Y ese elemental juego fue entretenimiento durante un tiempo. Alguno de mis amigos hacía de conductor (emitiendo los ruidos característicos), otros de inspector y pasajeros y yo, invariablemente, de guarda.
Jugaba un día con mis primos Elmo y “Negra”. Ésta y mi hermana Elsa eran pasajeras, Elmo conductor y yo guarda. Mi primo, mayor que yo y muy inquieto, aburrido de manejar el imaginario tranvía, para terminar el juego, me sacó la boletera y rompió todos los boletos, sin que lo pudiera detener mi llanto ni mis empujones.
Posteriormente traté de subsanar el desastre. Pegué los boletos que pude recuperar en una tira de papel de diario, pero no cortaban bien y el juego había perdido la novedad y mucho del atractivo original.
Por ello opté por cambiar de oficio a policía de tránsito, para lo cual, a los pitazos, dirigía el imaginario paso vehicular en el patio de mi casa, de pie en una palangana de aluminio involuntariamente facilitada por mi madre, imaginando que era mi garita.
Fue un tiempo de juegos inocentes, sin elementos costosos, en los que, como comento al comienzo, lo esencial era nuestra imaginación.