Farmacia "La Antártida"
En mi querido y recordado viejo Villa Ortúzar había una esquina que concentraba la mayoría de los comercios. la de Heredia y Triunvirato. Voy a tratar de acordarme de todos.
En la esquina de Heredia estaba la Farmacia "La Antártida". En aquellos tiempos, cuando alguien se sentía mal, había dos posibilidades para tratar de curarse, que empezaban las dos con P: El Dr. Piffaretti, médico, o el Dr. Perazzo, el farmacéutico.
A los chicos nos gustaba más la farmacia, porque el Dr. Perazzo, con su inmaculado guardapolvo blanco, a veces tan duro de almidón que acompañaba con un "Cris-Cras" cada uno de sus movimientos, si nos portábamos bien, nos compensaba con una bolsita de papel muy chiquita, llena hasta la mitad de confititos de anís, que tenían la forma de pequeñísimos huevos. Y tras esa recompensa, siempre nos portábamos bien.
Cierto es que al principio entrar a la farmacia a los chicos nos daba temor. Era un local que tenia dos puertas altísimas, una estaba justo en la esquina y la otra daba a Triunvirato. Cuando mirábamos al techo, éste era tan alto que nos preguntábamos si arriba de él no estaría el cielo.
Todo lo que era posible pintar de blanco, estaba pintado de blanco. Las paredes, la parte que no estaba cubierta por las gigantescas vitrinas, llenas de estantes con grandes frascos de vidrio color azul, que tenían pegados rótulos que no podíamos leer por lo raro de las palabras (y..... porque todavía no íbamos a la escuela), el techo, el mostrador, las puertas...lo único que no era blanco era el piso y la parte de arriba del mostrador.
Si al enfermo que iba con receta médica había que prepararle algún medicamento (no había aparecido todavía el gran negocio de los laboratorios) éste venía dosificado dentro de una especie de cajita blanca, que supongo estaba hecha de un material parecido a las hostias de misa, que se llamaban "sellos". A mis escasos cuatro años los sellos eran lo más misterioso del mundo.
No recuerdo haber visitado nunca al Dr. Piffaretti. Además era un señor tan serio que me daba un poco de miedo. Eso sí, si por alguna razón habíamos comido algo de más y nos sentíamos mal, íbamos a parar de cabeza a lo de Doña María (no estoy segura de ese nombre) para que nos tire el cuerito para curarnos el empacho. No importaba lo que hiciéramos para que nos lleven a la farmacia: terminábamos sí o sí, con esa democracia maternal de la época, en lo de doña María.
Vieja farmacia La Antártida: Tu recuerdo es tan dulce y perfumado como tus confititos de anís.