Las "fogaratas"
En nuestra niñez, pocas cosas necesitaban más preparativos y ocupaba tanto de nuestro tiempo como las fogatas ("fogaratas" en nuestro lenguaje infantil) de San Pedro y San Pablo.
Varias semanas antes, ya comenzábamos la búsqueda de cualquier material que pudiera arder. Se recorrían las calles y pedíamos cajones a los comerciantes, limpiábamos los fondos de nuestras casas buscando ramas de árboles y maderas de cualquier origen….
Yo colaboraba en la fogata que todos los años se hacían en la mitad de la calle Plaza al 900, frente a la sifonería de Montero. Y era un integrante importante de ella. ya que mi casa se prolongaba con la mueblería de mi padre y, los días de la "fogarata", llevábamos de allí varias bolsas con recortes de maderas.
La anticipación con que se recogían las cosas y el volumen de las mismas hacían imprescindible contar con un lugar seguro para almacenarlas, ya que era común, entre cuadras rivales, el pillaje de las maderas recolectadas.
En nuestro caso las acopiábamos en una horqueta del viejo paraíso que aún se halla en Plaza casi esquina Triunvirato, frente a la que fue zapatería Menéndez. Para mayor seguridad, se ataban a las ramas al árbol y siempre estábamos atentos a que no nos robaran lo tan arduamente conseguido.
Hacíamos un rudimentario muñeco que se colocaba en la punta de la pira. La mayoría de las veces era sólo eso, un muñeco, pero en otras, un cartel indicaba que representaba un vecino que no gozaba de nuestras simpatías. Habitualmente era un “cortador de pelotas”.
Y finalmente llegaba el gran día…
Promediaba la tarde y comenzaba el “armado” de la pira, en un lugar adecuado para que las llamas no llegaran a los cables de luz, en la mitad de cuadra de Plaza. Si bien habitualmente su construcción era algo anárquica, tenía que ser estable y pensada de manera tal que las llamas alcanzasen la mayor altura posible.
Ya entrada la noche, entre gritos y exclamaciones de entusiasmo, prendíamos la pira por los costados, y rápidamente comenzaban las llamas a lamer las ramas y tomar altura, hasta llegar al muñeco.
Con la cara ardida por la proximidad del fuego, colocábamos en la base de la “fogarata” unas papas o batatas, que luego comíamos con el goce de haberlas hecho nosotros.
Era un verdadero acontecimiento en el que nos acompañaban las familias, y que promovía amables reuniones vecinales. Inclusive, si la fogata era muy grande, atraía personas de otras cuadras.
Agotada la leña y los comentarios, regresábamos a nuestro hogar, satisfechos si nuestra “fogarata” había sido de las más grandes de los alrededores y pensando, desde ya, cómo hacer más importante la del próximo año.
Hoy en Buenos Aires las “fogaratas” y su espíritu han muerto. En las calles los vehículos y el entramado de cables aéreos las dificultan. Los vecinos ya no dialogan entre sí y los niños, que no juegan en la calle, desconocen las “fogaratas” , que antiguamente nos hermanaba en un propósito común, enseñándonos el sentido de compañerismo y de amistad.