La mancha
En muestra infancia, las cosas del género estaba bien definidas: Lo de varones era de varones y lo de mujeres de mujeres.
Hasta las escuelas estaban divididas por sexos: escuela de varones y escuela de mujeres. En las de varones jamás había una alumna. En las de mujeres (por ejemplo, la General Acha) se permitía a algunos varones que vivían cerca, cursar hasta tercer grado. Las autoridades estudiantiles de entonces pensarían que la niñas eran menos peligrosas que los niños.
Ellas se especializaban en La Farolera, la rayuela, las rondas, las estatuas, Martín Pescador y a la mamá y al papá. Y que ni se le ocurra a un varón intentar participar en este último juego, que incluía cocinitas, vajillas y muñecas, porque sería mal mirado por el resto de su miserable vida.
Pero cuando los astros se conjugaban, existían dos juegos que hoy se llamarían unisex: Las escondidas y la mancha.
Si tengo que describir los juegos, sería bastante engorroso para mí, después de tanto tiempo, se me confunden y mezclan un poco, pero estoy completamente segura que nuestros contemporáneos se cansaron de jugarlos
Existían dos clases de mancha: la mancha a secas, y la mancha venenosa. También existía una especie de amnistía donde se decía ¡Pido!. Generalmente era parar el juego, cuando uno se las veía mal, con cualquier excusa (me doblé el pie, se desabrochó la zapatilla, etc.) y si no se decía "pido gancho, el que me toca es un chancho - Pido aguja, la que me toca es una bruja". Como se verá, la cosa también tenía su tinte poético.
En el juego de la mancha había que tocar al contrincante y gritar !mancha! El tocado perdía y tenía que salir corriendo a tocar a alguno de sus compañeros.
La mancha venenosa tenía una particularidad: cuando éramos tocados teníamos que poner una de nuestras manos en esa zona y correr así para tocar otro jugador, por lo cual a veces nos reíamos mucho porque no era fácil correr tocándonos una rodilla, un codo o un hombro.
Ese juego nos acompañó durante los años de nuestra tierna infancia, hasta el día en que las chicas nos dimos cuenta que los chicos casi siempre querían tocar algunos lugares de nuestra anatomía con especial insistencia.
Creo que ese momento fue el principio del fin de la inocencia. Pero bueno, era inevitable que el tiempo transcurriera.