Panadería "La Mejor"
Cruzando Triunvirato, a la altura de la lechería del Ñato se ubicaban dos templos de la sociedad masculina del barrio: uno era la peluquería de Saponara, y otro era el café-bar que estaba en la esquina.
Estos pocos datos que puedo dar son por información de un hombre del barrio (mi esposo), porque las mujeres de la época, a menos que fuera indispensable, ni pasaban por la vereda.
Pero...cruzando otra vez Heredia se encontraba...¡La Panadería La Mejor!. ¿por que entre signos de admiración? Porque a la par de la lechería del Ñato era un negocio que a los chicos nos encantaba.
Su mobiliario era al estilo, tal vez, del utilizado en la década del treinta: mostradores (que a mi me parecían altísimos) y vitrinas de madera oscura, con fondo espejado y frente de vidrio corredizo.
Allí se exhibía la mercadería que era toda del día, porque en esa época no existían las heladeras exhibidoras También había en el techo un gigantesco ventilador, que realmente cuando era muy chiquita me aterrorizaba.
Como mi familia vivía en la misma manzana, era torturante, en algunos momentos, el perfume de la factura calentita, recién horneada, que los chicos querían comprar, los papás, salvo deshonrosas excepciones, decían que no, y ellos siempre tenían la última palabra.
Existía en aquella época la modalidad de sacar el pan del horno en distintos horarios: los felipes, los felipones, las flautitas...según el gusto de la famila, era el momento de ir a buscar el pan.
Cuando por algún motivo se atrasaba la salida, allí estaban Serafín y Carlitos, para entretener a la cientela (ellos eran los que atendían el mostrador, y tenían un adorable sentido del humor). Cuando salía el pan, en gigantescos e inmaculados canastos, se veía crujiente, humeante y perfumado. Si llegábamos a tocarlo en ese momento,seguro que nos quemábamos los dedos.
Si mi insoportable insistencia triunfaba, lograba que mi mamá me comprara dos polvorones, que cuando se ponían en contacto con el papel blanco del envoltorio, soltaban la grasitud propia de un producto elaborado en una época donde colesterol, dieta y comida light eran cuestiones absolutamente desconocidas.
Pero... de repente los perfumes cambiaban. además del olor a la factura, se esparcía por el barrio, haciéndonos agua a la boca, algo muy especial: olfatear el crujiente dorado de los lechones, pollos y otras delicias que el horno de la panadería cocinaba. ¿A que se debía ese cambio? ¡Pues nada menos a que llegaban las fiestas de fin de año!
Las familias eran grandes, los lechones también, y nadie tenía en casa el lugar adecuado para cocinarlos, y entonces la panadería, por unas monedas, alquilaba las para mi gigantescas asaderas de hierro negro.
Era interesante ver el desfile de los muchachos de las familias, primero yendo a buscar las asaderas, luego llevar lo que sea fuese a cocinar, (había que transportarlas entre dos porque realmente eran muy grandes) y en tercer lugar...iba la madre de familia a retirar el producto, y a controlar que nadie de la cuadra donde estaban los hornos, se hubiera comido una papa o se atreviera a decirle que al lechón le faltaba sal.
Panadería La Mejor, de Rilo y Bombaroli, sos El Mejor recuerdo de nuestra infancia. Muchas gracias.