La Torre de Cubos
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El Ministerio de Educación y Cultura resuelve:
1) Prohibir el uso de “La torre de cubos” de Laura Devetach en todos los establecimientos educacionales dependientes de este Ministerio.
Santa Fe, 23 de mayo de 1979. |
A mí no me lo contó nadie: yo lo vi con mis propios ojos y lo escuché con mis propios oídos.
Un día de aquella época llegó a la escuela la citación: se convocaba a todos los directores de las escuelas primarias de la Ciudad de Buenos Aires (una mitad por la mañana y la otra por la tarde) para participar de la reunión que se realizaría en el salón de actos de la Escuela Nº 8 del Distrito Escolar Primero, sita en Talcahuano 680.
Ahorro los pormenores. Unos hombres con bigotes, vaya a saber quiénes eran, primero nos explicaron los esfuerzos realizados por doblegar a la guerrilla que azotaba el país y los maravillosos destinos hacia donde con valor y sacrificio nos estábamos encaminando. Luego, se nos solicitó que ante cualquier sospecha, fundada o infundada, sobre comportamiento o actitud de algún miembro del personal, sin diferenciación de cargo, se informara inmediatamente a las autoridades. Esto no significaba una sugerencia sino una obligación inherente a nuestra función. No era necesario aportar ninguna clase de prueba, ya que ellas se proveerían en una instancia posterior.
El país se hallaba en un momento crucial para su futuro y resultaba indispensable la colaboración de todos, especialmente de los que ocupábamos cargos jerárquicos. Y ahí nomás nos arrojaron un número telefónico con el que debíamos comunicarnos.
Salimos de la reunión sin comentarios.
Ya en la escuela informé cuidadosamente de lo sucedido a todo el personal.
Días después, María Luisa, la vicedirectora, bibliotecaria, amiga fiel y amante apasionada de los libros, irrumpió en mi despacho enarbolando un volumen.
- Haga desaparecer esto inmediatamente.
Era un inocente ejemplar de “La torre de cubos” de Laura Devetach. Un libro de cuentos que yo amaba. Un puñado de cuentos que muchas veces había relatado a los chicos, según mi obstinada vocación de narrador, en la seguridad de que esa es la mejor manera de entretener y enseñar a la vez.
Pero María Luisa, leal cuidadora de espaldas, continuaba:
- ¿Se olvidó de lo que le dijeron en la reunión?
- ¿Qué tiene que ver la reunión con ese inocente libro? -
Tiene. Este libro está prohibido y nosotros queremos seguir teniendo director.
- ¿De dónde sacó que está prohibido? A la escuela no llegó ninguna comunicación.¿Qué podía tener de subversivo un inocente libro de cuentos?
- No llegó pero está prohibido de todos modos. Hágame caso: haga desaparecer este libro.
Me llevé el libro a casa. Lo puse en la biblioteca. Después de este episodio seguramente lo habré vuelto a usar en mis clases sin tener presente la prohibición.
Desde aquel día transcurrieron veinticinco años. En ese lapso me trasladaron de escuela y por fin me jubilé...
Mi biblioteca ocupa un gran lugar en la sala y hacía muchos años que esa sala necesitaba pintura. Pero el solo hecho de tener que vaciar los estantes y volverlos a acomodar me había hecho desistir durante mucho tiempo de todo intento. Hasta que no hubo más remedio que pintar toda la casa y con ella, la biblioteca.
Superado el trance, con gran fastidio de mi parte, llegó el momento de reubicar el material, eliminando todo lo inservible, que uno reúne tan solo por amor al papel, a la polilla, a los ácaros y a la roña.
Con paciencia fui limpiando y clasificando cada ejemplar. Así, coloqué uno de los tantos libros de literatura infantil en su nuevo sitio. Al poco rato, como por arte de magia, apareció de nuevo en mis manos el mismo libro.
“No puede ser. Este libro ya lo guardé.”
Efectivamente, lo comprobé. En mis manos había dos libros iguales. Dos torres de cubos. Esto y el sello de la biblioteca de la escuela en la portada de uno de ellos fueron suficientes. Seguramente en tantos años no había advertido que no era mío, porque solo retiraba del estante uno, el que me venía primero a la mano, sin reparar en el otro.
Como estaba, me puse el abrigo y salí a la calle. En un suspiro recorrí las diez cuadras que separan mi casa de aquella escuela. Me recibió la directora.
De pronto, me veo otra vez frente a los chicos. La directora habla de mí, no sé qué les dice. Todos los alumnos, de primero a séptimo, desparramados en el patio a mi alrededor, me miran como a sapo de otro pozo. Y yo, sin saber qué decir.
Pero me veo de nuevo en la escuela, me olvido de los años transcurridos, recupero en un instante al maestrito adolescente que fui, y de repente, como en aquellos años en que uno sacaba el mejor conejo de la galera para ellos, comencé a decir:
- Chicos: vine para contarles un cuento...