Los tranvías
A pesar que nuestro barrio, en las postrimerías de la década del cuarenta, antes de la llegada de la inmigración de postguerra, era casi suburbano, y estaba muy cerca del límite con el campo (recuerdo que después de la zona de la iglesia de Lourdes, en la localidad de Tropezón, a media hora del centro, iba disminuyendo la construcción casi abruptamente), contaba Villa Ortúzar con muchos medios de transporte, por estar cerca de la terminal de trenes de Chacarita. Desde el Subte B, hoy prolongado, hasta una profusión de colectivos y...¡tranvías!.
Cuando era niña me encantaba viajar en tranvía, y había líneas que nos llevaban para todos lados, de Villa Urquiza (los tomábamos cuando volvíamos del Cine Parque Chas o el 25 de Mayo), hasta las barrancas de Belgrano, o el 94 y 95 que giraban siempre por el mismo recorrido, uno de ida y el otro de vuelta, y llegaban hasta el centro y también una línea que iba a Palermo.
Recordándolo hoy me produce una especie de alegría: esos vetustos tranvías, que en verano se abría la ventanilla y su altura, que sentada me llegaba a la cintura, me permitía ver y oír todo lo que transcurría afuera, en su lento recorrido.
Para mi, aunque los asientos eran de madera dura, eran muy cómodos, y me parece estar viendo a algunos hombres leyendo el diario, de esos de grandes páginas, abiertos de par en par, sin ningún problema. Época en que los varones usaban sombrero, y cuando cedían el asiento a una dama, tocaban el ala del mismo, como señal de respeto.
Tengo presente también que estos extraños vagones se manejaban desde una especie de cabina en la parte de adelante, donde iban "el motorman" y atrás el señor que vendía los boletos; y digo señor porque dentro del tranvía era la autoridad máxima, en la parte de los pasajeros.
Y cuando, por alguna circunstancia, la lanza que tenía en el techo (trole) se salía del cable que le proveía la energía eléctrica, el guarda bajaba a engancharlo, mientras el motorman quitaba la manivela de bronce que le servia para direccionar el vehículo, por seguridad.
Tenían también adelante una especie de reja de hierro al que le decían salvavidas, supuestamente para no pasarle por encima al algún "distraído". Se suponía que si alguien se caía delante del transporte, esa reja, que iba al ras del piso, lo levantaría y le salvaría la vida (a la velocidad que llevaban los tranvías, en comparación a las velocidades de los transportes de hoy, el que se cayera en medio de las vías tenía tiempo de caerse, levantarse y sacudirse la ropa, aunque lo tuviera a diez metros).
Ahora recuerdo que, cuando pequeña, me contaron que mi abuelo materno trabajaba en los viejos tranvías, y un día, en uno de sus viajes, a la unidad que conducía se le salió una rueda, y entonces tuvo la idea de hacer correr a todos los pasajeros a la punta opuesta a la que había sufrido el desperfecto, y así todos llegaron a la terminal sin problemas.
Y mi recuerdo más grato es para algunos días domingo de aquel tiempo, cuando mi mamá me levantaba temprano y después de desayunar me enfundaba el clásico tapadito de moda en la época, y mi papá me llevaba al zoológico.
En realidad, los tranvías me hacen acordar a mi papá.
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