Provenientes de Villa Crespo, mi familia (mis padres, mi hermana de un año y yo, de cinco), se radicó en Triunvirato 3217, casi esquina Plaza, en el año 1935.
Triunvirato, a esa altura, tenía sólo la vereda impar loteada y totalmente edificada. La par, entre Plaza y Holmberg, no loteada y de Plaza hacia Chacarita estaba el terreno con los depósitos, y posteriormente talleres, del tranvía Lacroze. Adoquinada, con una zona central con maleza, donde se hallaban las vías que utilizaban tres líneas de tranvías de esa Compañía.
La casa, en un terreno de unos 35 m de largo, mostraba al frente un local con puerta y vidriera y un gran portón, que se levantaba para permitir el ingreso de materiales para la mueblería de mi padre y salida de lo elaborado.
Era una construcción tipo chorizo, no muy reciente ya en aquella época. Seguía al local dos piezas, la cocina y un baño, todo con salida a un nuevo y hermoso patio de mosaicos graníticos azules y crema, de la fábrica Curzi, existente en la misma cuadra, única condición de mi madre para aceptar vivir en una casa junto a la fábrica.
Frente a las piezas, en una estrecha lonja de tierra, convenientemente abonada por mi abuelo, se lucían los malvones, las rosas y una enamorada del muro que cubría la soleada pared medianera. En el patio los infaltables macetones con plantas daban otra nota de color.
Luego continuaba un galpón alto, con cabriadas de hierro y chapas de cinc e iluminado con dos lámparas incandescentes de 500 watts, en el que se hallaban las máquinas necesarias para la actividad, los bancos de los ebanistas y un poco apartado de ellos, el sector de lustrado.
Especializada en muebles de estilo, la fábrica nunca tuvo más de 4 ó 5 operarios. Mi padre se dedicaba a la parte comercial e ideaba los modelos, los dibujaba en un papel semejante al manteca para que el cliente los visualizara, y confeccionaba, en madera terciada, las plantillas necesarias para fabricarlos.
Mi madre, maestra que cambió la enseñanza por las tediosas labores hogareñas, como era habitual en la época, peleaba diariamente con el aserrín proveniente de la fábrica y se dedicaba con esmero al cuidado de la familia.
A mí me tocaba limpiar “a fondo” las máquinas los sábados al mediodía y, a veces, comprimir con un pisón la viruta que colocaba en un tambor, para hacer el fogón con que calentar el baño maría de la cola.
El taller estaba a cargo de mi tío Julio, hermano de mi madre, un operario excepcional y una persona “buenaza” de la cual guardo entrañables recuerdos
Era fácil saber cuando tenía un problema de trabajo porque, introduciendo el ancho lápiz de carpintero debajo de una boina que fuera marrón, se “rascaba” el cuerdo cabelludo, mientras desentonaba monótonamente “Tenés un camba que te hace el gusto y veinte abriles que son ligeros…”,una estrofa del tango, “Muñeca Brava”, que tuvo su momento de popularidad por aquellos años
Viví treinta años en la casa de Triunvirato. Necesariamente múltiples recuerdos, momentos alegres y amargos, se relacionan con ella. El calor de una familia bien formada, una infancia feliz, solamente ensombrecida por mi poliomielitis, la muerte temprana de mi “viejo”, el esfuerzo de mi madre de encaminar la familia sin él….
No deseo terminar esta página sin recordar el cariño, las enseñanzas y el ejemplo que recibí de padres. Los años me mostraron todo lo que hicieron por mí, lo que agudiza mi aflicción de no haberles sabido demostrar suficientemente el amor que por ellos sentí.