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Los juguetes imposibles de Marta, Carlos y Aldo inv
 
juguete trencito

El sueño de Carlos Santos.

vidriera jugueteria
Con las manos y la nariz pegadas al vidrio, contemplando sus juguetes deseados.

rifle aire comprimido
El anhelo de Aldo
 
vasito plegable
No siempre los deseos incumplidos se relacionaban a algo costoso.
Marta sólo quería este vasito plegable

 

Creo que todos, en nuestra niñez deseamos alguna vez ,intensamente y sin esperanzas, algún juguete. Algo tal vez visto en alguna vidriera de una juguetería, o algún amiguito más afortunado jugando con él, pero que, por alguna razón, generalmente monetaria, presentíamos que nunca tendríamos.

En esta página, recordaremos esos juguetes que, alguna vez, deseamos tanto..

Carlos y su tren eléctrico

Cuando chico, allá por la década del 50, mi gran deseo era que me regalasen un tren eléctrico.

Pero como mis padres no podían, me tuve que conformar con uno a cuerda, muy lindo él, con muchos vagones y una máquina a vapor (sin vapor, por supuesto ).

Lo armaba y desarmaba no sé cuantas veces a la semana, y caminaba hasta Triunvirato y Elcano para ver pasar a los verdaderos, observaba todo, los movimientos que hacía el guardabarreras, el timbre o campanitas que anunciaban que uno saldría de Lacroze o llegaría otro desde que sé yo dónde.

De tanto rogarle a mi viejo, pude lograr que me comprase una barrera, donde dando vuelta una manivela de alambre, subían o bajaban las mismas. Entonces sí, me sentía todo un ferroviario, hasta que en alguna vuelta se le terminaba la cuerda y tenia que desmontar la máquina de los vagones para girarla y poder comenzar nuevamente la loca vuelta por los rieles construidos por mi imaginación.

Aldo y el rifle de aire comprimido

Mi juguete imposible fue un rifle de aire comprimido Diana.

Tendría unos diez años y estaba de visita en una casa en la cual un chico, un poco mayor que yo, tenía un hermoso rifle de aire comprimido "Diana", de origen alemán.

Improvisamos un tiro al blanco y pasamos la tarde jugando con el rifle.

De regreso al hogar, relaté con entusiasmo mi experiencia, tratando de "tantear" el ambiente para ver si podía ser el regalo de un Reyes que se aproximaba. Por las caras de mis padres sentí que iba a ser una empresa difícil.

Pero un día reuní el valor y encaré a papá. La respuesta fue un "NO" rotundo: "no me gustan que los niños jueguen con armas y, además, podes lastimar a alguien o lastimarte vos".

Una negativa paterna no admitía, en aquella época, mayor discusión. Además, el "tribunal de apelación", mi madre, tenía la misma opinión.

Y nunca tuve un rifle Diana de aire comprimido.

El mismo argumento utilicé cuando fui padre. Mis hijos jamás tuvieron un arma como juguete. Y estoy convencido que mi padre y yo procedimos bien.

Marta y el vasito de plástico plegable

Allá por 1953, en la escuela nº 15 del  DE 15,  cursaba el tercer grado en el turno mañana.  Nuestra maestra, la señora Josefina, temida por su severidad, logró que  aquel grupo de chicos comprendiera que cosa eran “los quebrados”.

Durante los recreos, no se podía correr, la maestra de turno  entonces era la que ponía orden y trataba de apaciguar el desenfreno, por lo general, de “los varones”

Fue durante ese año escolar que me fascinó un objeto: el simple vasito de plástico que se plegaba.

Esperaba los recreos para ir a la zona de los bebederos, que en nuestra escuela están en el fondo y que mi compañera de banco me lo prestara.  Quizás no tenía sed, pero sí la necesidad de usar “el vasito de plástico plegable”.

Hoy a la distancia ese recuerdo me hace sonreír, pero en aquel  momento era para mí una carencia importante.


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