Norma y la muñeca Marilú
Nuestro barrio no era de los muy, muy humildes, tampoco era del aquellos en que los chicos tenían todo lo que querían. Simplemente todos los padres eran trabajadores, eso si, algunos con más posibilidades económicas que otros.
Y había algunos juguetes que por su elevado precio no estaba al alcance de todos. Uno de esos juguetes era la muñeca Marilú.
En realidad, la muñeca en sí era como casi todas las muñecas de la época: De porcelana, bastante más alta en comparación con las comunes, con ojitos que se cerraban cuando la acostaban y con una peluca de un pelo que vaya a saber de que bicho sería.
Pero Marilú poseía algo que ninguna otra tenía: una Boutique propia en el centro de Buenos Aires, un local lujoso y casi impenetrable para la pobres desgraciadas que no la teníamos ni íbamos a tenerla nunca (que éramos la mayoría).
En ese negocio se podía encontrar todo lo que uno quisiera para vestir a la muñeca: zapatitos, carteras, tapados, vestiditos, adornos y hasta ropa de cama, todo, por supuesto, a un precio exorbitante. Hasta la decoración del salón era preciosa.
Las más afortunadas lográbamos que alguna tía que sabía coser nos llevara hasta el centro para ver, en la vidriera, algún vestidito de la muñeca que nos gustara, y después imitarlo en casa, contando con algunos retazos y con su habilidad de modista. Pero no era lo mismo: La muñeca no era una Marilú, y la ropita tampoco.
Eso si: Había una ley no escrita respetada por todas las niñas: Aunque fuera amiga nuestra, era la más odiada en cuanto aparecía con una Marilú entre sus brazos. Que se le iba a hacer, así éramos y somos las mujeres desde chiquitas