Mis escuelas
Como la mayoría de los niños de mi época, concurrí a la excelente escuela pública de aquellos años, a la escuela del guardapolvo blanco, la gratuita, la de Sarmiento.
En 1937 comencé a mis estudios primarios en la después llamada “Ing. Alvarez Condarco” de la calle Girardot 1946. Del exterior se accedía a un patio central rodeado por aulas y junto a la escuela existía un terreno que le pertenecía, con algunos juegos de plaza, una gran pajarera cerca una pared y una exuberante planta de castor en el alambrado que lo delimitaba.
Como era habitual en esa época sin pre-escolar, en el primero inferior, hasta mitad de año adquiríamos destreza manual con el manejo del lápiz Faber nº 2, llenando hojas y hojas de un rústico cuaderno borrador, con irregulares palotes, verticales o inclinados.
Después de las vacaciones de invierno, ya manejando una lapicera con pluma Perry “cucharita” y con los dedos generosamente manchados con tinta, realizábamos nuestras primeras letras y los primeros “manchones” en las hojas numeradas del cuaderno de clase, cuidadosamente forrado por nuestra madre con papel "araña" color azul y una etiqueta con nuestro nombre en la tapa.
Los “Rivadavia” de tapa dura eran los mejores (y más caros), sus hojas más gruesas permitían una excelente escritura y tenían, entre la tapa y la primera hoja, imágenes relacionadas con la historia Argentina. Los “Éxito” o los “Gloria” de tapa blanda, eran más económicos y de calidad inferior.
Nuestros elementos fueron, aparte de los antes nombrados, el limpiaplumas hecho con pequeños retazos de género superpuestos, papel secante, lápices de colores (pinturitas), el sacapuntas, gomas "Dos Banderas" para lápiz y para tinta, regla, escuadra, transportador, compás y libro de lectura.
Si teníamos dibujo, llevábamos un block "El Nene" de hojas grandes de diferentes colores. Todo cabía en nuestra cartera de cuero, sostenida por un tira, de cuero también, cruzada en el pecho.
El portero, antes de comenzar la clase, nos colocaba en el agujero que nuestro banco tenía en la zona derecha superior, un recipiente pequeño de loza blanca, con un líquido azul claro, la tinta.
De mis compañeros recuerdo a Beatriz Cazenave (la Etelvina Baldasarre de la comedia de Abel Santa Cruz "Jacinta Pichimahuida"), Araceli Pérez (una niña de una belleza particular), del "lungo" Lázzari, un excelente compañero y de Josefina, sobrina del portero del colegio, que con grandes rulos pendiendo, recitaba la versión abreviada de su poesía predilecta, en realidad la única que sabía, “La casita del hornero”.
El cuarto grado, lo cursé en la escuela de varones de la calle Ballivián 2329, casi Donato Alvarez (hoy Combatientes. de Malvinas), tuve al Sr. Ponce como maestro y en quinto año pasé a la escuela de Triunvirato 3626, y de ella egresé.
Mi maestro de quinto, el Sr. Pistani (tenía un bigotito a lo Errol Flynn), nos abrumó con composiciones y copias de lecturas. Su método para mantener la disciplina era ése. A momentos de distracción o charlas le correspondían una composición o una copia.
Pero el mejor fue el de sexto. El tiempo borró su nombre en mi mente, pero no el recuerdo de su dedicación y cariño hacia nosotros. Él nos acostumbró a utilizar el diccionario para disipar nuestras dudas y ampliar el vocabulario y, principalmente, incentivó nuestro interés por la lectura.
En vez de castigar la mala conducta, premiaba la buena. Y el premio era una hora de lectura, con comentarios sobre la misma. Durante el año volamos con nuestra imaginación, escuchando absortos al maestro leer un libro de Julio Verne ,“20000 leguas de viaje en submarino”, y otro de Stefan Zweig, “Magallanes”.
Viejos tiempos donde la educación era una prioridad del Estado, la droga no estaba diseminada y en las familias. generalmente bien constituidas, no habían desaparecido los límites y el principio de autoridad entre padres e hijos. Los docentes, respetados por los alumnos y la sociedad, lo eran por vocación. Muy raramente faltaban, no habían huelgas y no mostraron, como actualmente algunos, la lamentable imagen de marchar, a los gritos, cortando calles y llevando pancartas, al compás de bombos.
Evidentemente, otra época.