No todo era juego. Acostumbraba "la vieja" llamarnos para hacer alguna compra, y nos resultaba enojoso dejar de jugar para ir a los comercios, pero ello nos hacía entablar un relación muy especial con vecinos y comerciantes.
En esa época se iba con la libreta negra a la almacén de don Cándido Peris (Triunvirato y Heredia). Recuerdo su cara sería y de pocos amigos, difícil de sacarle una sonrisa, pero de un corazón noble y amigo.
La lechería del Chino (al lado de la almacén) era la única en la zona que vendía helados. Tenía cuatro gustos solamente, pero para mí eran los helados más ricos del mundo. En esos tiempos se vendían sólo en verano, por lo que en invierno hacían unos submarinos con vainillas inolvidables.
Había algo que no me gustaba y era la peluquería, a la que "mi vieja me mandaba una vez al mes, allí estaba don José, un empleado que tuvo mucho tiempo la peluquería Saponara.
Creciendo se me dio por trabajar, y don Martín un ferretero de la esquina de Triunvirato y 14 de Julio, me empleó para trabajar 3 ó 4 horas, repartiendo los envíos a las empresas de la zona. Así me metí en lugares donde antes sólo pasaba por la puerta y deseaba conocerlos por dentro y descubrir la intriga que significaba una fábrica.
Las lapiceras Everton, de Triunvirato entre Tronador y Plaza. Creo que era una de las pocas fábricas que hacían las lapiceras fuentes.
Conocí por dentro la fábrica de frazadas Real en Roseti y 14 de Julio. Siempre me llamó la atención la sirena que tenía y sonaba cuando terminaba el turno de trabajo. Eran dos veces al día y ella nos servía a muchos vecinos para saber la hora sin necesidad de recurrir al reloj.
Las marmolerías inundaban la zona por la cercanía del cementerio y la de Reyes y Sandonato es la que más recuerdos tengo, ya que alguna vez me regalaron cinco piedritas casi iguales para jugar al “dinenti”, que estaba de moda.
Para mudanzas no había como Blazina. Padre e hijos yugoslavos trabajadores y buena gente. Me llamaba la atención los cuerpos grandes que tenían y me imaginaba que, cualquiera de ellos, podía cargar sólo un ropero con ropa y todo!!!
Compramos la primera heladera eléctrica gracias a los créditos de Pisecki, Triunvirato y Heredia, que comenzó como mueblería, y luego siguió la tele, la enceradora, en fin, la “vieja” tomó un crédito interminable que nos permitía vivir con mayor confort.
Creo que todo el barrio compraba ahí, ya que el crédito era de palabra, algo sagrado en la época.
Los domingos eran muy especiales, ya que se comenzaba temprano comprando la factura en la panadería "La Mejor", en la esquina de Stephenson y Heredia. El dueño se llamaba Rilo y su hijo era muy amigo mío. Desde ya que volvía a las 11 horas a buscar el pan que salía calentito.