(terminación de los recuerdos de Sergio)
Eran los tiempos de jugar al fútbol en la calle, con una pelota hecha rellenando una media de nylon que alguna mamá había descartado, y cuando finalmente pudimos comprar una pelota de goma, fue reventada por un camión que pasaba por Andonaegui. Nunca olvidaré a ese camionero, que viendo las lagrimas prontas a brotar, paró su camión para darnos 5, cinco!, pesos para comprar otra. Éramos ricos! Con cinco pesos podíamos comprar dos o tres pelotas.
Recuerdo las nubes de mariposas, que subían por Andonaegui desde quién sabe donde y nosotros, malvados, las esperábamos, formados uno tras otro, con unas ramas cortadas de los arboles para abatirlas y guardarlas. Una gota de alcohol en la cabeza, para que no sufrieran, y se agregaban a la colección.
Me acuerdo del armadillo que encontré en la parada del 111 en Andonaegui y Llerena y llevé a casa corriendo, donde lo guardamos en una jaula grande que mi padre había hecho para nuestro loro. Después de unos días, lo liberamos en la Agronomía.
Más tarde, tiempos en el Club Comunicaciones, donde aprendí a nadar y zambullirme desde la plataforma de 10 metros, y me enfrenté por primera vez con mi temor de las alturas. Más de una vez me bajé sin tirarme, prefiriendo enfrentar las burlas de los amigos (y el desdén de las chicas) al terror de caminar hasta el borde de esa plataforma, bajo la cual mi mente conjuraba un abismo sin fondo.
Regresé muchas veces a Buenos Aires, por razones de trabajo, y algunas veces a mi barrio, colindado por Chorroarín, Constituyentes, Bauness y Llerena. El primer regreso, después de más de veinte años, fue triunfal - el chico del barrio que tuvo éxito, y los amigos todavía jóvenes que salieron a recibirme.
Pero con el pasar del tiempo los amigos se fueron del barrio, los viejos fallecieron, el tráfico de drogas reemplazó otras actividades, y dejé de ir. Además, como dice el título de la novela de Thomas Wolfe - "You can't go home again", no es posible regresar... porque lo que buscamos al retornar al lugar donde crecimos, no son los amigos, ni el barrio, ni el estridente silencio que conjura todos los sonidos de la infancia y la adolescencia: lo que buscamos es nuestra juventud.
Volteábamos la esquina en Quirós esperando ver a la multitud de chicos saliendo de la iglesia Santa Teresita, donde se proyectaban películas los domingos, y acompañábamos el galope del "cowboy" de sombrero blanco con gritos de "muchachito!", "muchachito!" hasta que los malefactores alcanzaban su merecido fin. Esperamos encontrar al amigo con el cual caminábamos a la escuela todos los días, y nos sorprendemos cuando en lugar de la puerta de su casa hay una vidriera, y la baldosa rota donde nos tropezábamos seguido ya no aparece en la vereda…Ni la vereda ya es igual!
Bueno, podría escribir a largo sobre los once años que viví en el barrio, porque la memorias, con el pasar del tiempo, parecen volverse más vibrantes, tal vez en un fulgor que anticipa el momento cuando se irán nublando…
|