La colección Robin Hood
Por la década del cincuenta, creo que no hubo chico o chica a los que no le regalaran un libro de la colección Robin Hood, o lo tuvieran en sus manos, aunque sea solamente prestado.
Tenía títulos de aventuras para ellos y otros menos “masculinos” para ellas, y desde los ocho a los doce años siempre andaba dando vueltas por las casas un ejemplar de la colección.
Eran libros con un aspecto bastante importante, sus tapas amarillas con la ilustración del personaje de su título, y su aparentemente densa cantidad de páginas.
En realidad, el papel de sus páginas era bastante grueso, con algunas ilustraciones en blanco y negro, y una letra grande, que facilitaba la lectura al novel lector. Y de paso se recorrían sus relatos bastante rápido, así que, para seguir leyendo, había que comprar otro libro más.
Los primeros títulos para las niñas eran seguramente “Alicia en el país de las maravillas” y “Alicia en el país del espejo” y allí los efectos especiales los creaba nuestra imaginación.
Luego, al ser más grandecitas, leímos hasta casi saberlas de memoria “Mujercitas”, “Ocho primos”, “Una niña anticuada” y muchos otros títulos de Luisa May Alcott, historias ubicadas en una época específica, la de la guerra del Norte contra el Sur estadounidense, y que a las chicas no nos interesaba para nada, pero sí nos ubicábamos fácilmente en los vestidos de las protagonistas, que nos encantaban, y veíamos en las escasas ilustraciones de las historias.
Pero eso si, nos dimos el gran gusto de viajar con la imaginación en el Globo de “La vuelta al mundo en ochenta días", peleamos junto al Tigre de la Malasia, Sandokán, de Emilio Salgari, y descendimos al fondo de los mares con “Veinte mil leguas en viaje submarino” y todo eso sin tener que pedirle permiso a nadie. Toda una hazaña.
Pero al llegar al secundario, siempre había una transgresora que investigaba cosas “prohibidas”, y un día nos prestó una novelita de una autora hasta entonces desconocida para todas: Corín Tellado.
Fue el desastre total. Las historias de amor de la autora se reproducían en una multitud de libritos que iban y venían de mano en mano, y que eran devoradas a escondidas, en los lugares más insólitos. Hoy me provoca una dulce sonrisa recordar el cartelito de la primera contratapa que aparecía enmarcado en un recuadro negro donde decía: “Para personas formadas”. Nunca supe el porqué de esa advertencia. En las novelitas de Corín de aquella época sólo podía haber un beso final y tal vez una descripción algo mas detallada de los sentimientos de los protagonistas.
Y una tarde de lluvia, una de esas en que una adolescente solitaria se aburría en casa, revolviendo una pila de libros viejos arrinconados en el bargueño del comedor, encontré una novela que en ese momento me deslumbró: El árabe.
Me enamoré perdidamente del personaje, y de los encuentros y desencuentros con Diana, la extranjera. Y vivía con los relatos del novelista las carreras y huidas a caballo de los protagonistas a la luz de la luna del desierto. Y en mi mente ya había creado a “mi” árabe.
Es más, todavía hoy, en el átomo adolescente que todavía queda en mi espíritu, tengo la esperanza de encontrarme con el personaje a la vuelta de una esquina, y esa muchachita sería capaz de perdonarle que, en lugar de llevar la inmaculada túnica blanca que vestía en el desierto, tuviera pantalones vaqueros y una campera de jean.