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Templo de San Pantaleón, en el barrio de Mataderos, preparando una procesión |
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Iglesia San Roque en las calles Plaza y Charlone |
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Procesión de San Pantaleón, por el
barrio Mil Casitas en Liniers |
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Procesión llevando la imagen de
San Rosa de Lima en Pumamarca. |
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San Roque y las procesiones
En mi reciente viaje a España tuve la oportunidad de presenciar numerosas procesiones. Actos de fe populares en homenaje a santos o en celebración de hechos religiosos, con la participación de multitudes, en los que se corta el tránsito, se posterga el trabajo. El pueblo se aglutina tras una o varias imágenes sagradas que salen a recorrer las calles de su vecindario o su localidad. La gente, rezando, cantando, transfigurándose ante la representación de lo sobrenatural, de lo que le da un algo de sostén para vivir.
Me maravilló ese ferviente amor por lo misterioso y esa profunda necesidad de instalar lo trascendente en sus vidas concretas y regresé a los tiempos cuando eso mismo sucedía en las parroquias de Buenos Aires. Aquellas procesiones de la niñez y de la adolescencia se fueron esfumando con los años como postales en blanco y negro que perdieron su nitidez bajo el velo del sepia.
El ángel guía de aquellos recorridos místicos era la tía Sara, que, sin haberlo escrito nunca, tenía el cronograma de las fiestas patronales tan claro como el fixture del fútbol, aunque siempre con una significación muy fuerte para su fe.
La festividad de San Roque es el 16 de agosto y el acto central de cada fiesta patronal era la procesión, que se realizaba el 17. En aquellos años, San Pantaleón, cuya fiesta es el 27 de julio, no tenía aun su templo. La Asociación de Devotos de San Pantaleón, un grupo de italianos de Borgo di Montoro, trataron de reencontrarse con sus raíces en Buenos Aires y trajeron desde Italia en 1942 una imagen del Santo, que se venera principalmente en Ravello, sobre el golfo de Salerno, en la Campania, donde está depositada su sangre. La imagen se entronizó en un altar de la derecha del templo de San Roque hasta que en 1964 partió hacia Mataderos, donde se inauguró la parroquia bajo su advocación.
De modo que la imagen de San Pantaleón salía en procesión junto con San Roque, uno patrono de los enfermos y el otro de los médicos.
La tía Sara era infaltable, y allá a menudo iba yo, acompañándola, asombrado por el despliegue enorme en el que se combinaban (lo supe después de muchos años) la devoción y la puesta en escena. Eran emocionantes aquellos finales, cuando las imágenes reingresaban al templo y cientos de pañuelos la despedían mientras estallaban cohetes y bombas.
A continuación se desarrollaba el menos santo de los festejos, la kermesse, en la que participaba todo el barrio, hasta los vecinos más impíos. Y por fin, a la noche, los fuegos artificiales, que llenaban el cielo de estrellas fugaces.
En San Roque me casé, ya que mi esposa vivía en su radio.
Años después me tocó ser testigo por casualidad de un hecho desgraciado para esa comunidad. Un grupo de escritores habíamos trabajado en la publicación de una serie de libros de lectura para la escuela primaria.
La profesora Manuela Carone, que desdichadamente ya no está con nosotros, nos convocó para conversar sobre el tema con sus alumnos del Instituto que cursaban el Profesorado de nivel primario. Estábamos aguardando para iniciar la charla cuando una joven entró gritando: ¡Hirieron al Padre Mario, hirieron al Padre Mario! Hubo corridas, gritos, desesperación. El lugar del hecho era a media cuadra, sobre la calle Charlone. Supimos que una ambulancia lo estaba trasladando al Hospital Tornú.
¿Estaba dado el clima para iniciar el encuentro? La realidad nos respondió que no: minutos después alguien anunció que el Padre había fallecido.
Nunca supe los pormenores del hecho. Luis Mario Straface falleció el 28 de mayo de 1992.
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