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Aldo, su niñez y los tranvías Lacroze inv
 
tranvia historico lacroze
Tranvía histórico de la ciudad de Buenos Aires con los colores de la Cía. Lacroze
jugando bolitas
Otro tiempo, otro lugar pero la misma cara de alegría al jugar a las bolitas (también llamadas canicas)

 

chapitas bidu cola

Chapitas de la Bidu-Cola, muy conocida cuando era niño, se utilizaban para nuestros juegos pirotécnicos.

 


Mi niñez, los juegos y los tranvías

Ya he comentado que, siendo niño, viví en una casa con mueblería a los fondos, en la avenida Triunvirato casi esquina Plaza. 

En esas cuadras de la av. Triunvirato, por los años 30/40, sólo su acera impar poseía bajas y modestas casas con veredas. Su calzada era de dos zonas adoquinadas franqueando una central con pasto, habitualmente sin cortar, donde se hallaban las vías que recorrían tres líneas de tranvías de la sociedad Lacroze, todas con cabecera en Villa Urquiza. La nº 15 llegaba hasta Plaza Italia, la nº 90 a Constitución y la nº 7 alcanzaba a Corrientes y Reconquista, en la zona céntrica de la ciudad. Esta línea, en verano extendía su recorrido hasta la avenida Costanera, y era utilizada habitualmente por familias porteñas para pasear por ella o pegarse un chapuzón, en un río todavía sin contaminar y que lamía con sus aguas la Costanera.

La compañía Lacroze, la segunda en importancia en la ciudad, tenía una veintena de líneas con coches norteamericanos pintados de verde en el frente, verde y blanco los costados y el nombre de la compañía en dorado, en la parte lateral superior. En Buenos Aires, por aquellos años, miles de tranvías recorrían sus vías que, entrecruzándose, llegaban a todos los barrios de la ciudad. Fue un medio de transporte seguro, no contaminante y relativamente rápido

El juego nunca deja de ser una ocupación de suma importancia durante la infancia. El impulso natural de los niños es jugar, así que nuestros pensamientos estaban enfocados en buscar las maneras de divertirnos, con los medios a nuestro alcance. Con ese propósito, en la zona con pasto de Triunvirato perseguíamos las numerosas mariposas, que daban una nota multicolor en el cielo de la ciudad, con una rama de paraíso que nos proveían los árboles de la calle Plaza, Las “galeras” eran las más bonitas y valoradas. Se sobrentiende que, por aquellos años, no se hablaba de la ecología. 

Las anchas veredas, hacían de Triunvirato el lugar ideal para jugar al arrime con las figuritas o algunas de las variantes de las bolitas, y sus umbrales de mármol fueron lugares donde se podía jugar a la payana, o proyectar las actividades lúdicas del día siguiente.

Mezclando con cuidado clorato de potasio comprado en la farmacia y azufre obtenido moliendo la entonces común barra con que los porteños se frotaban los para disminuir dolores, hacíamos una elemental pólvora

A las chapitas de cerveza o de refrescos, Bidú o Crush, ya que Coca Cola era desconocida por entonces en Buenos Aires, le sacábamos el sello de corcho, colocábamos la pólvora y reponíamos el sello a presión. Después se alineaban, boca abajo, varias chapitas en un riel del tranvía que, al pasar las hacía estallar en cadena y, si bien el ruido no era fuerte alteraba la habitual tranquilidad de la cuadra

Para comprender la alegría que ello nos producía digamos que, por esos años, la pirotecnia accesible a los más pequeños se limitaba al elemental “raspa-paredes”, que emitía un débil ruido al rasparlo en las rústicas paredes de la época, las estrellitas y el cohete fósforo que estallaba luego de frotar su cabeza contra la caja.

Sólo los mayores podían encender las cañitas colocando el palito en una botella vacía. Prendían la mecha y la cañita se elevaba buscando el cielo dejando una estela de fuego, hasta que se detenía y se precipitaba a  tierra en un paraguas de luces, en medio de nuestros gritos y saltos de alegría. 

Más peligroso resultaba el buscapié, que era una cañita a la que se le sacaba el palo tutor. Al encenderse, en lugar de elevarse como las aquellas, se lanzaba en alocada carrera entre las piernas de las personas hasta explotar, lo que en oportunidades motivaba discusiones.

Y ello me lleva a pensar que, de niños todos somos como las cañitas pero, con el tiempo, algunas personas pierden su palo tutor y sus ideales, convirtiéndose en buscapiés, que van a ras del suelo sin rumbo, sólo buscando objetos materiales.


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