El tuco de mi abuela
Como ya relaté antes, para mi los días miércoles eran muy especiales, no sólo por la variada lectura que encontraba en la casa de mi abuela, sino por algo también muy especial: el tuco fabuloso de ese día hecho para mí exclusivamente.
Todos los miércoles de mi dorada infancia salía de la escuela más apurada que otros días; dejaba la valija en mi casa (no existían las actuales mochilas) y partía disparada hacia la casa de mi abuela paterna.
No era solamente por el atractivo cultural de lo que. en aquella casona, se hallaba para leer; habían también aspiraciones gastronómicas.
Llegaba a la vieja casa de la calle Tronador y, ya antes de entrar, se "sentía" el inconfundible aroma de la clásica salsa.
Como buena "tana", la abuela preparaba un tuco que a mí me parecía maravilloso (y lo era), a pesar de que mi mamá protestaba cuando la comparaba con el que hacía ella (también cocinaba muy bien) diciendo que lo que la suegra mezclaba sabiamente dentro de la cacerola "no tenía nada". Tal vez no contaría con muchos ingredientes, pero le sobraba la cancha que las italianas tenían de hacer delicioso cualquier plato, casi sin elementos.
Porque ella le ponía uno muy especial: el amor con que lo preparaba. Tal vez esa sutil diferencia era la que más sabor le daba a todas las comidas.
Cuando llegaba mi tía, que vivía en la misma casa, me daba el dinero para ir a la despensa de la esquina, a comprar los fideos . Esos fideos que estaban ubicados, según el "modelo", en un mueble de muchos cajones, y se vendían sueltos. Si eran cortitos, el almacenero los ponía en un papel blanco, y formaba el clásico paquete de las dos "orejas". Si eran largos, después de pesarlos, envolvía la base del montón de fideos con papel, no era cosa de andar perdiéndolos por el camino.
Nada de bolsitas de celofán o plástico, ninguna marca, y el peso exacto.
A esas alturas, no aguantaba más las ganas de comer, lo cual, todos los miércoles provocaba el reto de mi tía
Íbamos poniendo la mesa, y cuando llegaba de su trabajo mi recién inaugurado tío Antonio, (por obra y gracia del casamiento, claro) comenzaba el almuerzo.
Y allí entraba a tallar de nuevo la tía, que aspirando a mejorar mi educación me atormentaba con los clásicos "no comás tan apurada" o
"cerrá la boca cuando comés". A pesar de esa pequeña molestia, los fideos tenían gusto a cielo.
Además mi tía preparaba, cuando yo iba, los famosos postres "Royal" de chocolate, y eso hacía que le perdonara todo.
Hoy mi nieto, de dieciséis años, que viene a visitarnos los fines de semana, todos los sábados cuando está se yendo me pregunta "¿Abuela, mañana vas a hacer tuco?"
Y ese deseo de saborear mis comidas, que actualmente tienen la ayuda de los modernos saborizantes, me hace pensar que tal vez, dentro de muchos años, él también añore el tuco de su abuela.