De vitrolas y radios antiguas
Mi tío, el hermano menor de mi papá, vivía de soltero en la casa de mi abuela paterna. Como en esos tiempos, todo el mundo tenía la posibilidad de trabajar, entonces podía estar al tanto de las novedades tecnológicas de la época.
Un día apareció con una valija bastante pesada, forrada en cuerina que era ¡Una vitrola portátil!- En ella se podían escuchar (bueno, eso de escuchar era relativo, comparando con la fidelidad de sonido actual) los famosos discos de pasta.
Ese aparato constaba, como ya dije, de una valija que al abrirse mostraba un plato giratorio donde se colocaba el disco, y un brazo (en realidad se le decía pick up, creo que allí empezó la penetración cultural) que en su extremo tenía una especie de micrófono redondo, que emitía el sonido, y debajo de esto se insertaban las púas, que se apoyaban en el disco para transmitir la vibraciones acústicas.
Parecían más bien clavos sin cabeza, y cada tanto había que cambiarlas. Hoy entiendo porqué esos viejos discos se estropeaban con tanta facilidad. Esas púas eran asesinas de discos.
Supongo que a ese tipo de aparato se le decía “vitrola” porque la única compañía discográfica era la RCA Victor ¡Ah! para hacer que el disco gire, tenía al costado un lugar donde se insertaba una manija para darle cuerda, al mejor estilo Ford T.
Después aparecieron los famosos combinados, que eran eléctricos, y allí existía la posibilidad de escuchar radio o la música que sobrevivía a las púas.
El más chico tenía el tamaño de un viejo televisor a válvulas, y, cuando estaba encendido nos daba un poco de impresión, porque era una especie de ojo verde, iluminado, que parecía que estaba mirando.
Y un día el tío apareció con una radio ¿¡portátil!?. Tenía el tamaño de cuatro notebook, puestas una arriba de la otra, y pesaba como tres kilos, pero…¡era maravillosa! Era fantástico escuchar los programas de radio preferidos, en verano, en el largo y fresco patio de la casa de los abuelos.
Y con los años apareció la famosa Tonomac, que venía dentro de un estuche de cuero, bastante más chica, y con mejor sonido que todo lo anterior.
Recuerdo con ternura las noche de verano en que íbamos al a vuelta de casa, donde una de las chicas tenía una Tonomac (era la misma que logró obtener anteriormente una muñeca Marilú) y escuchábamos con deleite a Billy Caffaro desgañitarse cantando su “Pity, Pity” y “Oh, Venus”.
Con esas sesiones de radio callejera comenzábamos también, como adolescentes no enteradas, a dar nuestros primeros pasos de baile.
Como reza el nombre de un tema de Louis Armstrong, ¡Que maravilloso mundo!