De aquello perdido
Los que nacimos alrededor de la década del cuarenta disfrutamos de muchas cosas que lamentablemente dejaron de existir. No eran solamente objetos, sino también personajes y momentos.
El cartero, con su lustrosa cartera cruzada al hombro y su carga de ansias y recuerdos, el cobrador de la luz, que caminaba tranquilamente por las calles del barrio, recaudando al fin del día una pequeña fortuna, y portándola sin ningún temor.
El señor que puntualmente encendía las luces de la calle, no respetando el frío reloj, sino el diario atardecer.
Las tertulias en las veredas, en las tardes y noches de ardientes veranos, los heladeros con sus triciclos, vendiendo su mercadería. Las pantallas de mimbre, o las que las tintorerías entregaban a los clientes, con un hermoso rostro de mujer por un lado y la dirección del negocio por el otro.
Las luciérnagas y las mariposas. Los caramelos "Mu Mu", el tintero involcable y muchísimas cosas más. Una lista interminable e inolvidable. Hoy todo eso quedó en el pasado, pero en el nostálgico recuerdo.
Tal vez los niños de hoy, en el futuro, recordarán a su computadora y jueguitos electrónicos, como los de nuestras generaciones evocamos tiernamente los objetos comunes en nuestra niñez.
La silla en la puerta
Era normal, en los atardeceres de los días de verano, sentarse en una pequeña silla empajada a la puerta de las casas. Así, aparte de respirar aire fresco, se podía disfrutar de unos mates y gozar de un momento de distensión conversando con vecinos de política, deportes o sobre el insistente rumor de que la Compañía Lacroze iba a prolongar el subte hasta la Av. Monroe (por los años 30!!).
Hoy no hay más sillas empajadas en las veredas de los atardeceres de Buenos Aires.. No sé si la comodidad del aire acondicionado, la atracción de la televisión o la inseguridad con que vive el porteño, han determinado que se haya perdido la costumbre de salir a tomar fresco en la puerta de calle y charlar con los vecinos.
El buzón de la esquina
Casi no se ve su roja silueta en las esquinas de Buenos Aires. El de nuestra zona de Villa Ortúzar estaba en la tan querida esquina de Heredia y Triunvirato, frente al café. Y en verano era una oportunidad de oro para los muchachos que se reunían en él, de ver a las chicas cuando llevaban sus cartas.
No faltaba el inadaptado de siempre que, como una “picardía” , tiraba un “pucho” dentro del buzón, quemando todo lo que había en su interior, en medio de una desagradable humareda.
Hoy el correo sólo trae facturas y no llegan aquellos esperados sobres conteniendo papeles escritos con lapicera o bolígrafo, con sentidas palabras de amor, de despedida, noticias de familia, o un simple saludo con una postal desde un lugar visitado.
No sé si por ello los buzones, aburridos, se fueron de Buenos Aires. O tal vez, no los encontramos, porqué los porteños ya lo hemos comprado todos.
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